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Coihueco Indigena (Vol.3)
   

1. LOS INDIOS CHIQUILLANES DEL ANTIGUO PASADO COIHUECANO

Otro dato fuera de toda duda, es el importante rol que les cupo a los Chiquillanes en la fundación del fuerte y ciudad de San Bartolomé de Chillan, ora como furibundos oponentes, ora como aliados en contra de los araucanos y pewenches de más al sur. El abate Molina informa que, luego de la muerte del gobernador Quiroga y nombrado sucesor Martín Ruiz de Gamboa:

"... este empleó los tres años que duró su gobierno en oponerse, por una parte a Payneñamcu y por otra a las irrupciones de los Pehuenches y de los chiquillanes, quienes, solicitados por los araucanos, habían principiado a molestar las colonias españolas. Los chiquillanes, que algunos tienen falsamente por aduar ("poblado") de los Pehuenches, habitan al N.E. de éstos, sobre las faldas orientales de los Andes. Estos son los más bárbaros y por consecuencia los menos numerosos de todos los chilenos, pues es cosa cierta que el estado de vida selvática es tanto menos propicio a la población, cuanto es más rústica. Andan casi desnudos o se cubren con pieles de huanaco (sic). Se ha observado que todos los chilenos habitantes en los valles orientales de la cordillera, no sólo de ésta sino también de las tribus Pehuenches, de los puelches y de los guilliches, son más rubios que los demás, compatriotas situados al poniente de aquella montaña. Todos estos montañeses orientales se visten de pieles, se pintan la cara, viven por lo común de la caza y llevan una vida vagabunda. Estos son, como hemos dicho antes, aquellos renombrados Patagones que se dejan ver hacia el Estrecho Magallánico, ya como gigantes enormes, ya como hombres un poco superiores a lo común. Pero lo cierto es que ellos son, generalmente hablando, de alta estatura y de notable robustez”.

La fundación de San Bartolomé de Gamboa (Chillan) responde directamente a la estrategia de tener una población armada "cabeza de puente" para proteger el llano de acceso tanto a la indómita Araucanía como al rebelde faldeo cordillerano. El P. Rosales concluye:

"Fue importante su población por el amparo de los indios de aquellos valles y para llave del enemigo, especialmente de los pehuenches y serranos de la cordillera, que por allí tenían la puerta abierta pura infestar la tierra".

Por datos extraídos de fuentes y crónicas diversas (11) datadas en la colonia, se sabe que los indios chiquillanes solían salir por los meses de diciembre y enero a los llanos vecinos del valle central (como fue el caso de Colchagua), a comerciar con los españoles.

Los artefactos que ofrecían en venta o en cambio del trigo y otros productos, eran principalmente cueros aderezados de guanacos, venados, etc.; sal, riendas, lazos, cabestros y  objetos de cuero trenzado, y, especialmente objetos de cestería de muy buena factura muy apreciados por los españoles. Aquí están probablemente los antecedentes históricos directos en torno a la procedencia del ya clásico arte en el tejido de fibras cultivado hasta hoy. (Véase por ejemplo, la tradición cestera en mimbre de lugares como Roblería y Ninhue). En dos o tres ocasiones se dictaron ordenanzas del cabildo de Santiago, reglamentando este comercio y prohibiendo la venta de licores y vinos, como también el tráfico de armas con estos indios y con los pewenches, que también solían frecuentar dichas ferias.

Pareciera ser que a poco de fundada la ciudad-fortaleza en el llano chiquillán (San Bartolomé de Gamboa), una facción de indígenas fue semi-sometida, pasando a constituirse en enlace obligado con las tribus puelche del Neuquén. Y acaso la mezcla chiquillán-pewenche de las estribaciones coihuecanas no sean muchos de los denominados "Puelche" por los cronistas, toda vez que el término designa solamente una referencia geográfica:

Para los chillanejos son "gente del este" —puelche— todos los indios que habitaban al oriente montañoso. Creemos que tal es el caso de Miguel de Olaverría, quien en 1594 ya utilizaba el genérico nombre de "puelche" al referirse a las étnías que ocupaban el oriente de Chillan:

"San Bartolomé, ha más de ocho años que no tiene guerra en su comarca; contratan en ella con los indios llamados puelches, que viven en las vertientes de la gran cordillera nevada de una y otra parte, aún no reducidos. Es cosa notable la agilidad y ligereza que tienen en sus personas estos indios que viven en la otra parte de la dicha cordillera y dan noticias de su multitud. Las vistas y comunicación y entrada de estos indios puelches, es por las abras y aberturas que hace la cordillera por donde corren grandes v ampulosos ríos de Chile".

Tenemos, en resumen, que el origen y la demarcación del pueblo chiquillán es bastante confuso en sus inicios, así como en su declinamiento. En el siglo XVI ocupa el sur de Mendoza, en las márgenes del río Diamante, desplazándose cada vez más hacia el poniente de la cordillera y hacia el sur de la misma. Se estaciona, finalmente, en una amplia área que va desde Los Andes colchaguinos hasta más o menos el paso Atacalco y el río DiguiIIín. La montaña del gran Coihueco resulta el escenario de sus incursiones bélicas y de resistencia contra los poblados españoles. En alianzas y compromisos, tanto de tipo guerrillero como de sangre con los pewenches y los puelches, dueños también del mismo territorio, terminan por fundirse con éstos, apareciendo en los albores del siglo XVIII como una sola etnia: pewenche. Rápidamente araucanizados, abandonan su misterioso dialecto el millkayak, adoptan los usos de la civilización serrana-pewenche y se dedican al caudillaje, bajo el liderazgo de caciques que subían desde Antuco. Arrinconados en los cajones de los ríos Nuble, Cato, Niblinto, Coihueco y Diguillín, desaparecen para siempre como raza, sumergiéndose en los ríos más anchos y profundos de una estirpe nueva: la mestiza hispánica-pewenche. Tal fue el ocaso y tal fue el último vislumbre de sobrevivencia en el mar del tiempo del linaje que fuera llamado: "el más belicoso y el menos numeroso de todos los chilenos".

Ya durante el siglo XVIII casi todo el ganado que se consumía en el Reino de Chile se adquiría en las plazas de Chillan y Los Ángeles. Estos mercados fronterizos eran abastecidos por los mapuches, los que a través de contactos que mantenían con los indígenas cazadores de la cordillera —los Pehuenches— se relacionaban con los habitantes de las pampas transandinas, donde los caballos y vacunos se habían reproducido en tal proporción, que constituían gigantescas manadas de ganado salvaje o cimarrón.

 
   
   
 
   
   
   
   
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