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Coihueco Indigena (Vol.5)
   

2. LA CIVILIZACIÓN PEWENCHE DE LA MONTAÑA DE COIHUECO:

Las travesías  hacia la Pampa norte del Nauquén, los constantes contactos con diversos grupos de Puelches, ranqueles, tehuelches, mapuches, los llamados "manzaneros", hicieron de los Pehuenches un vasto conglomerado étnico cuyos rasgos físicos y culturales se fueron haciendo cada vez más indistinguibles a medida que avanzaba el siglo XIX. De esto consta en la relación de GUILLERMO ELOY COX, quien en 1862, en viaje hacia la Patagonia, descubre que la homogeneidad de la raza pewenche había desaparecido. Informa, por ejemplo, "que Huincahual, viejo cacique de los pewenches había casado con una mujer pampa. Asimismo, Pascuala, mujer de un cacique serrano, había nacido entre los tehuelches. Y al cacique Anuncar, Los huilliches ("williche")

"le habían arrebatado su mujer en una maloca. La mujer de Inacayal, hijo del cacique Huincahual (ya mentado) era india de la Pampa. Es muy difícil hacer categorías, separadas por razas, de los indios que viven desde la Cordillera hasta el Atlántico y desde los 35° hasta el Cabo de Hornos. Como los indios son muy errantes y viven en la compañía de caciques que más les agrada, la homogeneidad de la raza ha desaparecido. Para dar un ejemplo de esto, hablaremos de los que vivían en los toldos de Caleufu. Huincahual y Antilehuen eran Pehuenches. Inacayal, su hijo, había nacido de una madre Pampa; Agustín y Jacinto eran tehuelches y el mocetón era de origen huaicurú, tribu que habita cerca de Magallanes.

Los Pehuenches que hablan araucano se dividen en Pichun-Pehuenche:(Pehuenches del norte) y en Huilli-Pehuenches (Pehuenches del sur). Principian desde los confines de Mendoza hasta el río Limay; aquí se confunden con los pampas o tehuelches del norte. En otro tiempo vivían los Pehuenches en las faldas occidentales de la cordillera. Los Pehuenches viven en muy buenas inteligencias con los otros indios. Los Pehuenches tienen un tipo que se acerca al de los araucanos; cara aplastada, los juanetes salientes (*), las narices cortas, la boca prominente, de tinte cobrizo y la mirada feroz".

Otro rasgo sociológico interesante de este grupo racial que al inicio del siglo XIX tenía su núcleo más puro en la Montaña chillaneja, es el que registra POEPPING:

"Las familias son numerosas, y parece —hasta donde es posible averiguar tales cosas entre pueblos salva/es— que nacen mucho más niñas que niños, lo que no se explicaría solamente por la poligamia, ya que muchos Pehuenches pobres tienen que conformarse con una sola mujer".

Podemos explicarnos, entre otras cosas, el por qué según el actual censo de la población coihuecana, el número de mujeres hasta el día de hoy es notablemente superior al número de hombres, característica generalizada en casi todo Chile. Por datos del mismo viajero alemán del siglo pasado, también nos explicamos la cantidad de trabajo pesado efectuado por las mujeres indias de Antuco y de Coihueco. La recolección y preparación de los piñones y otros frutos para fabricar bebidas embriagantes (molle, maki, chilka), incumbía a las mujeres. El caballo que montaba el marido, en cada madrugada debía ser laceado,traído y ensillado por su esposa o hijas. Deber femenino era también "mantener la tropa en orden", cargar y descargar los animales en las expediciones de guerra o malón, encender las fogatas, preparar las comidas de campana, etc.

Según registros de Antonio Serrano en su estudio "LOS PEHUENCHES PRIMITIVOS", estos tenían una cultura similar a los pámpidos transcordilleranos:

"en el invierno se establecían a orillas de los ríos o lagunas, en primavera al pie de la montaña y hacia fines del verano y otoño en los pinares de lo alto, donde cada uno de ellos tenía como hacienda propia su pedazo de pinar.

Sus armas fueron boleadoras, arco y flecha. Entre las primeras, empleaban frecuentemente la de una piedra retobada en cuero (quinchulaque o bola perdida). ... Lo que afirma el abate Molina y otros autores "su lengua y religión no son diversas a la de los araucanos"— no reza para los primitivos Pehuenches. En un documento de 1658 exhumado por el benemérito Monseñor Cabrera se afirma que la lengua de estos indígenas "no se entiende ni hay intérprete español".  

Tales son grosso modo las características fundamentales de la civilización pewenche de la primera época histórica de la región de Coihueco. Con respecto a los antecesores y vecinos del norte, los pikunckes, chiquillanes, representan evidentemente un caso de elevación racial y cultural. Aunque, al igual que ellos, hoy desaparecidos como etnía, lograron traspasar muchos de sus valores espirituales, mucho de su pensamiento y sabiduría ancestral a sus descendientes, los mestizos chilenos. Estos, los contemporáneos habitantes de
esas mismas antiguas serranías, sin saberlo conscientemente, prolongan ese mundo mítico que traspasa las edades desde no se sabe qué tiempo. Porque es indudable que el inconsciente colectivo de Coihueco está modelado con el sedimento remoto del universo pewenche.

 

3. LOS JESUÍTAS Y LA HACIENDA DE CATO

 

La famosa hacienda de Cato, ubicada entre los ríos Nuble y Cato, al norte de Coihueco, fue testigo de uno de los proyectos civilizadores más valiosos empredidos por la Compañía de Jesús en Chile. Ellos, los jesuítas, trataron de crear allí un "pueblo de indios",un foco de desarrollo y crecimiento de las dispersas tribus pehuenches que se movilizaban por esa cordillera. Se trataba de asentar a los indígenas en poblados cercanos y estables, enseñarles todo tipo de tecnología occidental en lo relativo al cultivo de la tierra, cierto tipo de artesanía y utensilios, y darles una organización comunitaria que les hubiere capacitado para funcionar como sociedad. Junto con enseñarles los usos, costumbres y técnicas occidentales, se trataba de construir una sociedad nativa respetando lo fundamental de su propia cultura. Los jesuítas, estaban así convencidos que la paz sería el primer gran fruto que espontáneamente surgiría como el gran umbral para la eficacia del trabajo evangelizador. Por todos es sabido el triste resultado de este proyecto: la expulsión de los miembros de la Compañía derrumbó de golpe los pacientes contactos que ya se habían establecido con el pueblo pewenche de la cordillera de Coihueco. En verdad, todo se abortó en el año 1767. Esa fecha concluyeron acaso las iniciativas más lúcidas de promoción indígena que conoció la América hispana. En el Paraguay, por ejemplo, hacía ya 150  años que los Jesuitas venían poniendo en práctica, con los indios guaraníes, lo proyectado con los pewenches y mapuches de Chile. Habían logrado tal progreso material, espiritual y cultural que la experiencia misional se había constituido en la única mancomunidad teocrática en la historia del cristianismo.

En principio, la hacienda de Cato fue una posesión jesuita, ligada directamente con el Colegio de Caciques o "Seminario de Nobles Araucanos" que la Orden abriera en Chillan en 1700. Se les cedió a los Jesuitas por parte de la gobernación del Reino, tanto para la propia economía de sustento como para mantener y financiar el mencionado colegio indígena. Porque directamente el Rey no dio lo necesario para asegurar su permanencia; ni siquiera para su creación. Tanto esta hacienda como la granja de Cucha-Cucha, resultaron decisivas para el éxito del colegio. Porque aparte de aportar el sustento, allí se les enseñaba a los indígenas agricultura, sastrería, zapatería, pintura, etc.

Según las fuentes históricas consultadas, la zona a la cual nos referimos entonces tenía  el nombre de "Isla de Cata", compuesta o comprendida entre los ríos Nuble y "Catos". El término "Cata" o ("katá" en mapuche significa "agujero, perforación", posiblemente aludiendo a alguna cualidad del terreno, rico hasta hoy en poroso mantillo de humus cultivable y de numerosas vertientes en algunos sectores). Es el P. MIGUEL DE OLIVARES, gran historiador de la Orden y contemporáneo de la apertura de la obra chillaneja, quien nos proporciona detalles vinculados con la hacienda:

"pidieron a los superiores les concediesen padres, que para su consuelo de aquella población fundasen casa, y tener allí siempre quienes en sus enfermedades los asistiese, en sus dudas les alumbrase, i en sus aflicciones les consolase. Para cuyo efecto el capitán Diego de Molina, vecino noble de aquella  ciudad, ofreció su casa que tenía en Chillan, una viña y un molino con algunas tierras en Golotabo, de la otra parte del río Nuble (Cucha-Cucha), y el padre Luis Chacón consiguió del gobernador del reino un título de tierras en la isla de Cata, que se compone de los ríos Nuble y Catos".

 Por aquel entonces (primera mitad del siglo XVIII), estudios históricos afirman que esta hacienda y otras de la Orden obtuvieron los mejores rendimientos del país. Comprendía en realidad localidades hoy día llamadas Quinquehua, Chacayal, parte de Nahueltoro, todas comarcas de muy buen nivel productivo en cereales y otros productos. Allí los jesuítas introdujeron adelantos europeos, semillas, ganados, útiles de labranza, haciendo de cada subhacienda una granja experimental. Esta tradición de algún modo se ha conservado hasta la actualidad, como es el caso de la "Granja Más Arriba", un predio de verdadera excelencia agrícola producto de la antigua política de "transferencia tecnológica" iniciada por la Compañía de Jesús. (2) Industrializaron las haciendas con molinos, telares, curtiembres, etc. etc. Tuvieron los jesuítas algo fundamental: perseverancia en el trabajo y una firme voluntad de cambio y ritmo productivo. Fue evidente y ostensible que con su partida volvió a reinar la pereza en todas estas haciendas del centro del país.

En Cato, los jesuítas comenzaron a instruir y formar indios guambalíes traidos de más al sur por su naturaleza más pacífica a la de los insurgentes y libres pehuenches de la Cordillera. Estaban muy cerca de convencer a estos últimos de las bondades del asentamiento agrícola cuando son expulsados de Las Indias. Nunca se aprovecharon del indio, se comprometieron a pagarles su salario y lo defendieron contra los abusos de los encomenderos.
En la mayor parte de sus haciendas —aunque no consta en la de Cato— el trabajo lo hacían los negros a los cuales trataban con suma humanidad, aunque a veces fueran mas carga que provecho y era imposible venderlos porque lo prohibía el Padre General, ejerciéndose sobre ellos un verdadero protectorado. Lo notable en Cato fue la administración justa con los indígenas, verdaderos miembros cooperativos en la gestión productiva. Guambalíes y pewenches bajo la asesoría jesuíta supieron aprovechar de un modo óptimo aguas para regadío, conquistando magníficas porciones de tierra indómita, convirtiéndola en predios agrícolas. Sin mediar esta obra. Cato habría seguido siendo tierras de rulo o secano, privándose Coihueco y la región de su mejor mantillo de cultivo.

A la expulsión de la Compañía el año 1767, Cato pasó a remate adjudicándosela LORENZO ARRAU, vecino recién llegado de España y futuro bisabuelo de CLAUDIO ARRAU, el eximio pianista. A su vez, la madre del genio, la vende a principios de siglo por las estrecheces de su viudez, que entre otros gastos debía financiar el talento de su hijo.
La hacienda de Cato, luego del vacío de los jesuítas, se terminó por subastar en 16.170 pesos.

 

   
   
 
   
   
   
   
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